• David Placer

Nuestro primero de diciembre

Sucedía cada año, el mismo día y a la misma hora, pero a pesar de ser en evento previsible, siempre era un gran acontecimiento. Tanto, que hasta la prensa lo anunciaba: “Hoy se enciende la Cruz del Ávila”.


En aquellos años de prosperidad y felicidad, la Electricidad de Caracas era la responsable del acto. Un niño anónimo (y ganador de un concurso de dibujos) presionaba un botón desde la sede principal de la empresa en San Bernardino. Y yo, de muy niño, deseaba estar allí. Lo percibía como el gran acontecimiento de Caracas. Era nuestro equivalente al encendido del árbol en el Rockefeller Center en Nueva York. Era el pistoletazo del júbilo colectivo y así se comentaba: “¿viste que ya encendieron la Cruz del Ávila?”


La cruz iluminada, entre nubes y neblinas, anunciaba la época en la que las calles se desbordaban de gente comprando regalos, de fiestas interminables que comenzaban a mediados de diciembre y terminaban a principios de enero. Eran los días de las reuniones familiares de cenas abundantes, de las comidas con amigos, de las copiosas fiestas de empresa, de las reuniones del amigo secreto, de las cuñas musicalizadas de los grandes canales de televisión.


Hoy, ya no hay Electricidad de Caracas, ni televisión ni fiestas multitudinarias que sólo han quedado reservadas a clanes de saqueadores y enchufados. Aunque la Cruz del Ávila se encienda, no habrá luz ni ilusión, porque las familias que antes celebraban juntas hoy están rotas y desperdigadas.


Hoy la cruz ya no está rodeada de neblina, sino de las tinieblas que gobiernan nuestro país. Esa luz no brilla porque ya no hay dicha ni unión. Esa cruz hoy sólo proyecta las esperanzas de un pueblo que anhela volver a celebrar un primero de diciembre con libertad y con felicidad.