• David Placer

Militares peruanos contra hambrientos venezolanos

Perú ha desplegado este martes sus fuerzas militares a la frontera para impedir el paso de los venezolanos que huyen de la miseria. Tanques contra hambrientos. Balas contra caminantes descalzos.


Los países de América Latina han comenzado una escalada para repeler los efectos indeseables de la dictadura del hambre: cerrar fronteras, desplegar policías y militares, negar residencias, exigir visados. Todo para para impedir que el drama les salpique.


Mientras España y, más recientemente, Estados Unidos han facilitado la regularización de quienes escaparon de la dictadura chavista, los venezolanos somos cada vez más indeseables en Ecuador, más criminalizados en Perú, más detestados en Panamá, más deportados desde Trinidad.


Corrían otros tiempos y eran otras realidades cuando la Venezuela pujante no sólo permitió la inmigración de todas partes, sino que la promovió en aras de su desarrollo. Las dictaduras de Argentina y Chile, la pobreza en Colombia, Perú y Ecuador y la miseria en Trinidad generaron innumerables oleadas de inmigrantes que fueron acogidos en Venezuela durante décadas, donde encontraron refugio y progreso.


Pero ahora, cuando la tiranía y el hambre cambió de país, nuestros vecinos ya despliegan soldados, ametralladoras y hasta tanques militares en contra de los desplazados por la dictadura venezolana. Hoy he visto con profunda tristeza cómo un grupo de militares peruanos en la frontera disparaba al aire para impedir la entrada de una decena de desplazados venezolanos, niños en brazos, a Perú.


A veces, incluso puedo entender el miedo a la “invasión de la pobreza”, al “caos migratorio”. Pero ninguno de nuestros países hermanos, a quienes acogimos y recibimos en nuestros tiempos de bonanza, ha ofrecido ni un soldado para derrocar la peor de las tiranías que ha destruido --y sigue destruyendo-- al país que les dio refugio, cobijo y prosperidad hasta hace apenas veinte años.